"Pura Vida" expresión de satisfacción usada en Costa Rica para manifestar pasión por la vida. Este blog nace con la intención de mostrar algunas de mis imágenes captadas en espacios naturales y rurales singulares. Con él, pretendo fomentar en el espectador un espiritu sensible para valorar y respetar el medio rural y natural.





¡Esto del medio ambiente! ¿Será porque ya destruimos la mitad?


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jueves, 6 de octubre de 2011

IRLANDA, LA ISLA ESMERALDA

¿Qué podría decirse de un país como Irlanda en unos párrafos? ¿Se podría añadir algo nuevo sobre sus hermosos y omnipresentes símbolos? ¿Cabría reiterar que representa una de esas fabulosas “islas de la música” –junto con Cuba, Brasil o la India (algún día lo explicaré)– capaces de conquistar al mundo entero? ¿Que, al borde del tremebundo Océano Atlántico Norte, ha sido durante siglos el último refugio de la cultura celta y, por lo tanto, de usos de la tierra y de costumbres ancestrales? En esta entrada, dedicaremos unas rápidas pinceladas a este cosmos finito, a esta excepción de la civilización occidental asediada por el caos del progreso exponencial.

Pasear por los imponentes acantilados occidentales, como los de Skellig, Moher o Inishmore invita a preguntarse qué clase de monjes, de guerreros o de pescadores, qué clase de hombres y mujeres ha podido subsistir arrinconada contra el batir de las olas y de los vientos oceánicos. Desde luego, un pueblo capaz de alimentarse de algo más que de carne, pescado y frutos de la tierra. Una raza capaz de sobreponerse o arrojarse al océano antes que rendirse a las inclemencias o al enemigo. Os aseguro que el fuerte de Dún Aengus, cortado por el acantilado noroeste de Inishmore (Islas Aran), es un escenario homérico.

¿Cuál habrá sido, entonces, el maná de las gentes de Irlanda? Quizás, las malas lenguas dirían que no ha sido el agua, tan abundante en el país que, encauzada, desbordaría mil veces el Shannon; pero sí los elixires de las destilerías y de las cervecerías, que jamás aplacarían la sed de parroquianos y turistas. Otras lenguas mejor intencionadas dirían que, según el momento, los tradicionales airs, reels y jigs inflaman el espíritu irlandés hasta América y todavía permanecen en él mucho después de los bailes y las fiestas. En verano el folk, el jazz, el rock ni siquiera se quedan atrás en el bar, sino que acompañan por las calles desde Temple Bar, en Dublín, hasta Merchants’ Road, en Galway; desde el Triskel Arts Centre de Cork hasta la Grand Opera House de Belfast.

Sea cual sea la clave de esa vitalidad irlandesa, acaso opuesta a la saudade de aquellos otros celtas también abocados al Atlántico, es perfectamente reconocible a cada paso, en cada rincón, por cada detalle. El umbral irrepetible de una casa. El helecho dibujado en la espuma de un café. La afabilidad y la serenidad con la que los amigos, las familias y hasta los desconocidos conversan frente a la chimenea en el pub. Un buen Irish stew con una pinta de Smithwick’s cuando regresas aterido del burren. El ingenioso humor de los narradores. La iglesia de St Mary llena de fieles un miércoles por la tarde. El primer rhubarb pie, a unos metros escasos del claustro agustino de Cong –el Innisfree de John Ford– entre Galway y Mayo. El trasminante aroma de los panes de Griffin’s Bakery. El orgullo de la propia historia, científica o legendaria, y de las tradiciones. Los bermejos rizos de una mujer… Las innumerables pinceladas sólo podrían salir de una paleta ciclópea o de la cabeza de James Joyce.

Sláinte, Éirinn!

Texto: Carlos G. Salazar




Irlanda ha sido el último destino elegido para conocer en las recientes vacaciones de Septiembre. Como siempre se ha tratado de realizar un reportaje fotográfico sobre las zonas visitadas destacando su grandiosidad natural. Comenzó en la capital, Dublín, trasladándonos posteriormente a los condados de Kerry y Galway donde se realizaron diversas rutas costeras y de interior.
Desde aquí os invito a contemplar las imágenes captadas, cliqueando en la entrada directa de mi web o a través de la siguiente dirección:

http://fotogomariz.jimdo.com/galeria/irlanda-ireland/

domingo, 11 de septiembre de 2011

Pueblos del Pirineo Navarro / Nafarroako Pirineoaren Herriak /Villages du Pyrénée Navarre





















Así como el frondoso hayedo crece, incluso entre las musgosas moles de caliza, hacia los tenues haces de luz cenital; los pueblos pirenaicos de Navarra se levantan, no muy distantes entre ellos, en laderas soleadas y en valles abiertos a base de piedra, madera y hierro forjado. Las bordas, los desperdigados restos megalíticos y algún que otro baluarte en ruinas, junto con los puentes de arco de medio punto, suelen servir como hitos de numerosas sendas y caminos, donde desaparece el característico pavimento de pizarra.
En los núcleos de población, los frontones y los peculiares hórreos pirenaicos ya muestran diversos motivos de singularidad. Pero particularmente las fachadas de las casas, sobre la clave del arco de la puerta principal, informan bien del emblema del valle bien de alguna leyenda referente a la construcción o a la reconstrucción del edificio y al nombre de la casa o, lo que es lo mismo, el apellido familiar. Las macetas de geranios de los balcones y de los zaguanes celebran la estación de la abundancia. Y los ramilletes secos de plantas con propiedades curativas o, más recientemente, las flores de girasol continúan conjurando las amenazas de la naturaleza y del alma desde la madrugada de San Juan, igual que se ha hecho desde tiempos inmemoriales.
Sirva el saludo fotográfico final a Orbaitzeta, en el Valle de Aezkoa, para reconocer tanto la hospitalidad de su gente como su situación privilegiada para iniciar no pocas excursiones por los bosques, las cimas y los valles del Pirineo Navarro.

Texto: Carlos G. Salazar

miércoles, 17 de agosto de 2011

PICO ORI Y PUERTO DE LARRAU. Pirineo Navarro /ORHI ETA LARRAÑE MENDATEA. Nafarroako Pirinioak /PIC D’ORHY ET COL DE LARRAINE. Pyrénée Navarre



En el extremo oriental de Irati, se elevan los 2.017 metros del Pico Ori, el 2.000 más próximo al Atlántico de los Pirineos. No es el más alto de Navarra pero bien puede ser el más señalado, morada del mítico Baxajaun (señor del bosque) y cumbre del macizo que protege esta parte del valioso hayedo-abetal de los vientos septentrionales. Desde Ori, se domina una vasta extensión. Con el cielo raso, dicen que puede verse hasta el Moncayo, más allá de Tudela y de la Comunidad Foral, el Cantábrico y, cómo no, la Mesa de los Tres Reyes (2.428 metros). A nosotros, la niebla no nos permite ver –esta vez– siquiera la bruja-veleta de la cima y, mucho menos, los circos glaciares de Alupeña y Atxurterria, en la vertiente Norte.
La vertiente Sur presenta barrancos y lomas que ofrecen despejados pastos de altura en las cotas superiores y abrigo para los bosques ladera abajo, donde brotan las regatas (erreka) que avenarán en el Pikatua, el Urtxuria y el Irati. El paisaje se cubre por completo con la soberbia alfombra forestal, de pliegues entrecruzados y múltiples tonalidades verdosas, que se prolonga desde Irati adentrándose en los valles de Aezkoa, del Salazar, de Belagua y de Roncal. En los tres últimos comienza la intrusión del pino.
En la cuerda del Ori, en las inmediaciones del Puerto de Larrau, encontramos puestos palomeros con pintura de camuflaje cada cien metros o menos. Ese aspecto militarizado nos desconcierta al principio, pero lo cierto es que entre este punto y el mar se ubica el principal paso europeo de migración de palomas. Evidentemente la antigua tradición de cazarlas con red ha evolucionado por aquí. Así que, amigos de la fotografía y de la montaña, si vais a crestear por el Ori alguna madrugada del mes de octubre, guardaos del tiroteo.
El pastoreo, que sí hemos tenido la oportunidad de presenciar in situ, nos agrada mucho más, no sólo por su naturaleza pacífica sino por el apetecible producto final: los afamados –con razón– quesos de oveja aezkoanos y roncaleses. El pastoreo en altura de las ovejas durante el verano y el empleo de la leche cruda en la elaboración son dos de sus “secretos”. Aunque el avance inesperado de ese rebaño a media ladera no resulta nada desconcertante, hay que decir que es todo un espectáculo. Queda demostrado que la marcialidad no es condición indispensable para la buena organización. Esas mismas ovejas, si procedían de Salazar/Zaraitzu, puede que vuelvan a las Bardenas en invierno. Los otros valles ya no practican la trashumancia.

Texto: Carlos G. Salazar










viernes, 5 de agosto de 2011

SELVA DE IRATI. Pirineo Navarro / IRATIKO OIHANA. Nafarroako Pirinioak / FORÊT D’IRATI. Pyrénée Navarre



Irati no es una selva. Mejor dicho, Irati no es sólo una selva, una frondosa masa forestal de más de 17.000 hectáreas casi sin explotar en la actualidad. Irati/Irabia es un territorio pirenaico encajado entre Orrega/Roncesvalles, al Oeste, y el Pico Ori, al Este, que comprende bosques, pastizales, ríos, incontables fuentes y regatas y varios valles con apacibles y pulcras poblaciones, edificaciones históricas, vestigios protohistóricos y tantas leyendas como crónicas reales.
En las Casas de Irati nace el río de la confluencia de los ríos Urbeltza (negro) y Urtxuria (blanco), en cuyas aguas –según nos aseguran– las truchas se mimetizan hacia el color de su río de origen. Fluye por el Valle de Aezkoa antes de alcanzar el embalse de Itoiz y prosigue su curso hasta desaguar en la cuenca del Ebro. Ahora bien, la toponimia existente en torno a la palabra “Irati” se extiende por ambas vertientes del Pirineo Navarro, la española y la francesa: desde el Alto de Irati o Abodi, a poco menos de 4 kilómetros al Sur de las Casas de Irati, en la demarcación del Valle de Salazar, hasta Iratisoro o Iratzabaleta, a unos 3 kilómetros al Norte de la frontera.
Por las riberas y por las sendas trazadas a media ladera de estas montañas, la naturaleza invita a pasear, más que a marchar, demorando el paso ante cada matiz cromático filtrado por el follaje de las aparentemente ingrávidas hayas y de los abetos. Entre estos, los ejemplares de arce, tejo, olmo, roble, boj, acebo y avellano reclaman igual atención. El frescor, en pleno mes de julio, recuerda la primavera destronada por el estío hace varias semanas en las regiones más meridionales de la Península. De hecho, aún es posible encontrar fresas silvestres, entre los afloramientos kársticos, la diversidad de helechos y el musgo.
Cuando los caminantes avanzan silenciosos, puede escucharse el repiqueteo hueco e infatigable –solo de percusión para el oído de Fernando– del pico dorsiblanco (pájaro carpintero), una rareza en Europa. Si acaso, a la caída de la tarde, puede sorprenderse a algún ciervo, reintroducido en 1955, o a algún jabalí. Los gatos monteses y los zorros son harina de otro costal. Por suerte para unos y desgracia para otros, ni con el oso ni con el lobo nos toparemos. Tampoco con el urogallo-basoilarra. Las rapaces como el milano, por el contrario, sí sobrevuelan las cimas, el monte bajo y los prados con arrogancia.




















Regocija ver que estas tierras han hallado, por fin, la paz que la historia les ha escatimado. La actividad humana, alterada o condicionada una y otra vez por las guerras y los litigios sobre la titularidad de sus espléndidos montes, se ha desarrollado en torno a la caza y la pesca, el pastoreo de la oveja “latxa” y de la rasa navarra, el aprovechamiento del bosque y, cuando la necesidad ha apretado, el contrabando. La cercanía de los pasos limítrofes de Bentarte –entre el Txangoamendi y el estratétigo Urkulu–, Egurgio, Kurrutxea, Errekaidorra, Juareguizarre y del puerto de Larrau, bajo el Ori, así como el aprecio en Francia a los caballos burguetanos, han propiciado esa actividad.
Por encima de conflictos e intereses históricos entre los estados y los imperios, los lazos ancestrales entre los pueblos o el pueblo, a uno u otro lado de la marca, no sólo se apoyan en los sólidos pilares de la cultura y la lengua euskera sino que siguen reforzándose con determinación desde hace siglos. Ejemplo de esto son las facerías o pactos de confraternización para el uso comunal y la vigilancia de los pastos, también de las explotaciones madereras, como las que mantienen los valles de Aezkoa–Garazi y Ronkal–Baretous. Así pues, para caminar por estos transitados montes y al menos en lo que toca a la educación, no viene mal cierto trilingüismo básico: “Buenos días” / “Egun on” / “Bonjour”.
Para acabar, una sola advertencia –afortunadamente no hay foto de esto, aunque casi llega a haber una a título póstumo–… ¡Ojo con enfadar a la vaca pirenaica!



Texto: Carlos G. Salazar